Imagina que eres un músico que vive entre la frontera entre Angola y el Congo y un buen día te compinchas con unos amigos y decides probar suerte en la capital. Acostumbrados al apacible sosiego de su región, intentan hacer oír en las calles de Kinshasa la música Bazombo, una especie de trance étnico cuyo instrumento principal es el likembé, un pequeño piano de pulgar. Error. Aquel modesto artefacto del tamaño de una tableta de chocolate jamás lograría llamar la atención en medio del caos de una megaurbe africana.
Solución. Amplificar tu música artesanalmente con micrófonos fabricados por ti y tus amigos a partir de piezas de coches abandonados y construir los propios instrumentos nutriéndose tan solo de piezas del desguace (pedazos de metal, tubos, latas…). Resultado: Distorsión descarnada al servicio de la tradición africana.
Liderados por Mawangu Mingiedi hace más de 25 años que la Orquesta de los Konono nº1 proponen una hibridación entre ritmos y texturas africanas que digerida por sus preciosos trastos electrónicos nos remiten a la electrónica dance actual, al rock psicodélico o a cualquiera de los experimentos sonoros de hace 30 años, aunque partiendo de intenciones y premisas desde las antípodas. Sólo grabaron “Congotronics”, su primer disco, en 2006, inaugurando la serie dedicada al Congo del sello belga Crammed. Aunque les ha sido suficiente para compartir un tema con Bjork que la islandesa publicó en “Volta”, su álbum de 2007.
Este verano tenían programada una gira por Europa que les iba a llevar por 23 de nuestros palcos, entre ellos el Sonar. Pero infinitos problemas con los visados les han impedido de momento traer su música hasta este otro lado (uno de tantos) del Mediterráneo, más preocupado en este momento de vacas flacas en no ver menguar sus riquezas que en cualquier asunto que tenga que ver con África, sean vidas, hambre, guerras o arte.
Para proyectos como Konono nº1, debería crearse una nueva categoría diplomática que se desentendiera de documentos: la de Ciudadano del Mundo, pues sólo siendo tan genuinamente congoleños podían conseguir ser tan desafiantemente occidentales.
